
María Lago
Directora y redactora de ActualidadVirtual
En el actual escenario político, el concepto de las «dos Españas» ha dejado de ser una referencia histórica dolorosa para convertirse en un producto de marketing estratégico. Bajo las etiquetas de izquierda, derecha y sus respectivos extremos, se ha orquestado una representación teatral que busca, por encima de todo, mantener al ciudadano en un estado de confrontación constante y emocional. Hoy, la política no se basa en la gestión de lo público, sino en un diseño de entretenimiento destinado a que los españoles no miren donde realmente duele.
La corrupción como arma de distracción masiva
Uno de los pilares fundamentales de este espectáculo es el uso de la corrupción como arma arrojadiza en las dos Españas. Asistimos a un ciclo interminable donde los partidos no buscan erradicar la falta de ética en sus filas, sino utilizar la del contrario para generar un posicionamiento de bando. La estrategia es tan vieja como efectiva: convencer al electorado de que «el tuyo es más corrupto que el mío».
Mientras los medios de comunicación y las redes sociales se incendian con el último escándalo de un bando, el otro respira aliviado, no porque sea honesto, sino porque el foco de la indignación pública se ha desplazado momentáneamente. Esta dinámica genera una «guerra civil en la sombra» en la que el ciudadano medio se ve empujado a elegir un bando, llegando incluso a justificar o minimizar la corrupción de los «suyos» bajo el pretexto de que los «otros» representan un peligro mayor. Lo que no se dice es que este intercambio de acusaciones es una simbiosis perfecta: ambos bandos se necesitan enfrentados para que la estructura misma del poder no sea cuestionada. Al centrar la conversación en quién robó más o quién mintió primero, se evita hablar de la ineficacia del sistema para resolver los problemas estructurales de España.
El teatro político: ¿Gestión o entretenimiento?
La política se ha transformado en un entretenimiento que imita la pasión ciega del fútbol. Al igual que en un derbi entre el Real Madrid y el Barça, el objetivo parece ser la victoria del color propio a cualquier precio, olvidando que, en la vida real, los resultados de la gestión pública afectan a todos por igual, independientemente de la papeleta que depositen en la urna.
Este «espectáculo» político tiene una función clara: distraernos de los temas importantes. Mientras nos perdemos en el ruido de las comisiones de investigación cruzadas y los titulares incendiarios diseñados para indignar, las necesidades reales de vivienda, empleo, sanidad y educación quedan sepultadas bajo toneladas de retórica frentista. Resulta revelador que, si analizamos fríamente los programas electorales y las leyes de uno y otro bando, las diferencias en los puntos básicos suelen ser mínimas. Sin embargo, los líderes se encargan de extremar las posturas en temas sensibles para generar un clima de odio que nos mantenga ocupados y, sobre todo, divididos.
La falacia de las etiquetas en las «dos Españas»
Nos llaman «comunistas» si defendemos ciertas políticas sociales o «fachas» si defendemos el orden o la idea de nación, creando dos Españas. Se utilizan estos términos extremos —tipo Cuba o Venezuela en un lado, o regímenes totalitarios en el otro— para desprestigiar cualquier razonamiento que no pase por el filtro del partido. Pero la realidad es que la inmensa mayoría de los españoles no se identifican con esas raíces cerradas. Somos una sociedad que ha demostrado saber llegar a consensos, pero que hoy se ve secuestrada por una élite que sobrevive gracias a nuestra fragmentación.
Cuando un partido de izquierda propone una regularización y la derecha la critica por la seguridad, a menudo ambos están mirando al mismo problema desde ángulos que podrían ser complementarios. Pero el sistema no permite el acuerdo; el sistema exige el conflicto. Si hubiera acuerdo, el espectáculo se acabaría, y con él, la necesidad de mantener a tantas estructuras políticas que solo viven del enfrentamiento.
Un llamado al sentido común
El odio generado entre nosotros es el mayor éxito de la clase política actual de las dos Españas. El sistema se retroalimenta del frentismo: si un bando cae, el otro pierde su razón de ser y su enemigo imaginario contra el cual movilizar a las masas. Por eso, es vital entender que no existe una España contra otra por naturaleza, sino una ciudadanía contra un guion político que la ignora.
Es hora de apagar el televisor de la crispación y encender la luz del razonamiento propio. Debemos recuperar la capacidad de escuchar al adversario y buscar el punto de razón que tiene el que piensa diferente. Solo cuando rechacemos el entretenimiento del odio y exijamos soluciones reales a los problemas que compartimos, podremos volver a avanzar como país.
España necesita menos teatro y más honestidad. Necesita que dejemos de mirar el dedo de la corrupción ajena para empezar a exigir una limpieza profunda de todo el tablero. Porque, al final de este camino de sombras, la realidad es tozuda en las dos Españas: si cae la España de izquierda, caerá también la de derecha, pues ambas habitan el mismo barco y respiran el mismo aire. La verdadera libertad empieza cuando dejamos de ser figurantes en su obra de teatro y empezamos a ser dueños de nuestro propio pensamiento común.

