Un conjunto de cráneos excavados hace más de un siglo y conservados durante décadas en Cambridge está proporcionando una nueva respuesta a uno de los enigmas de los primeros faraones de Egipto. Técnicas forenses modernas han detectado lesiones graves en varios individuos enterrados junto a miembros de la realeza, reforzando la hipótesis de que algunos funcionarios, artesanos y servidores pudieron morir deliberadamente para acompañar a sus gobernantes al más allá.
Un misterio enterrado junto a los primeros reyes de Egipto
La historia comienza en Umm el-Qa’ab, una antigua necrópolis situada cerca de Abydos, en el sur de Egipto. Allí se encuentran algunas de las tumbas correspondientes a los primeros gobernantes de la historia egipcia, anteriores incluso a las grandes pirámides que acabarían convirtiéndose en uno de los símbolos universales de la civilización faraónica.
El lugar fue utilizado como cementerio real por gobernantes de las primeras dinastías. Alrededor de algunas de aquellas tumbas se construyeron decenas e incluso centenares de enterramientos subsidiarios destinados a personas relacionadas con la corte.
Entre ellas había funcionarios, artesanos, responsables administrativos y otros integrantes del entorno real.
Ese diseño ha desconcertado a los arqueólogos durante más de un siglo: ¿murieron todas aquellas personas de forma natural aproximadamente al mismo tiempo que el monarca o fueron asesinadas deliberadamente para acompañarlo después de la muerte?
La nueva investigación aporta algunas de las evidencias físicas más importantes obtenidas hasta ahora para responder a esa pregunta.
Abydos tuvo una extraordinaria relevancia en la historia religiosa egipcia. Fue el lugar donde se enterraron algunos de los primeros reyes y posteriormente se convirtió en uno de los grandes centros relacionados con el culto a Osiris, dios asociado con la muerte y el más allá.

Recreación editorial de los complejos funerarios de algunos gobernantes de la Primera Dinastía estaban rodeados por numerosos enterramientos asociados a miembros de la corte.
46 cráneos guardados durante décadas ofrecen nuevas pistas
La investigación ha sido dirigida por Roselyn Campbell, bioarqueóloga y egiptóloga vinculada a la Universidad Purdue, especializada precisamente en el estudio de la violencia institucional a través de restos humanos antiguos. Facultad de Artes Liberales
Campbell localizó y examinó 46 cráneos que actualmente forman parte de la colección Duckworth de la Universidad de Cambridge.
Los restos procedían de enterramientos situados alrededor de los complejos funerarios asociados a tres miembros de la realeza de la Primera Dinastía: el rey Djer, el rey Djet y la reina Merneith.
El resultado fue llamativo.
Dieciocho de los 46 cráneos presentaban señales de traumatismos importantes que pudieron producirse alrededor del momento de la muerte.
Entre las lesiones encontradas había fracturas lineales y, en uno de los casos estudiados, una herida provocada aparentemente por un golpe cortante cerca del ojo.
No significa que las 18 personas fueran necesariamente víctimas de un ritual, y la propia investigación advierte de las limitaciones de la muestra. Sin embargo, la presencia de traumatismos graves ofrece una nueva pieza de evidencia en un debate que lleva abierto más de cien años.

Recreación editorial de los investigadores analizaron 46 cráneos procedentes de enterramientos relacionados con la realeza de la Primera Dinastía egipcia.
Flinders Petrie ya sospechó de los sacrificios hace un siglo
Lo más curioso es que la teoría no es nueva.
A principios del siglo XX, el célebre arqueólogo británico Flinders Petrie excavó numerosos enterramientos relacionados con aquellos primeros gobernantes egipcios.
Petrie quedó intrigado por la enorme concentración de tumbas alrededor de los enterramientos reales.
Una de sus hipótesis fue precisamente que aquellas personas habían muerto para acompañar al gobernante.
Había, sin embargo, un problema fundamental: Petrie no encontró lesiones claras que demostraran una muerte violenta.
Eso permitió que durante décadas convivieran diferentes explicaciones.
Algunos especialistas consideraron posible que los miembros de la corte hubieran fallecido de forma natural y que posteriormente sus cuerpos fueran trasladados al cementerio real. Otros plantearon incluso que algunas personas podían haber sido enterradas vivas.
Ahora, más de un siglo después, las herramientas modernas de antropología forense permiten distinguir con mayor precisión una fractura producida cuando una persona todavía estaba viva o acababa de morir de los daños sufridos por un hueso miles de años después.
Y ahí se encuentra uno de los aspectos más sorprendentes de la nueva investigación.
Algunas de las fracturas que antiguamente pudieron interpretarse como deterioro posterior al enterramiento presentan características compatibles con traumatismos producidos alrededor del momento de la muerte.
Las lesiones tampoco encajan con la imagen clásica del faraón
Existe además otro detalle llamativo.
El arte egipcio representa repetidamente al rey golpeando a sus enemigos con una maza, una de las imágenes más conocidas del poder faraónico.
Sin embargo, las lesiones encontradas en estos cráneos no parecen corresponder exactamente a ese tipo de arma.
Campbell considera que algunas fracturas encajan mejor con golpes realizados mediante objetos relativamente planos y anchos, posiblemente fabricados en madera o asta.
Eso abre nuevas preguntas sobre cómo pudieron producirse aquellas muertes.
La investigación no permite reconstruir una ejecución concreta ni establecer que todos los individuos enterrados alrededor de los gobernantes fueran sacrificados.
De hecho, los científicos insisten en que únicamente se conserva una pequeña parte de la población originalmente enterrada en la zona.
Por ello, la conclusión es considerablemente más prudente: al menos algunos de aquellos individuos pudieron sufrir muertes violentas compatibles con la hipótesis del sacrificio de servidores reales.
Morir para seguir sirviendo al rey en el más allá
La posible explicación está directamente relacionada con las creencias funerarias.
En diferentes civilizaciones antiguas existió la denominada práctica del sacrificio de acompañantes o servidores: cuando moría una persona de enorme poder, algunos individuos de su entorno podían ser asesinados y enterrados junto a ella.
La idea era que continuarían desempeñando en el más allá las mismas funciones que ejercían durante su vida.
En el caso egipcio, esa posibilidad tiene una importancia particular porque la relación con la muerte y la vida posterior terminó convirtiéndose en uno de los elementos centrales de su cultura.
Sin embargo, parece que el posible sacrificio físico de personas tuvo una existencia relativamente breve durante las primeras etapas del Estado egipcio.
Con el tiempo aparecieron soluciones simbólicas.
Las tumbas egipcias posteriores incorporaron figuras funerarias destinadas a trabajar mágicamente para el fallecido en el otro mundo, evitando así la necesidad de enterrarlo acompañado por personas reales.
La profesora Salima Ikram, de la Universidad Americana de El Cairo, explicó a The Guardian que precisamente esa práctica parece haber sido breve y posteriormente las personas fueron sustituidas por figurillas.
El hallazgo demuestra que los museos todavía esconden descubrimientos
Existe otra vertiente especialmente interesante en esta historia: los restos no acaban de ser excavados.
Llevaban décadas almacenados.
El descubrimiento científico procede de materiales recuperados durante antiguas campañas arqueológicas y conservados posteriormente en colecciones universitarias.
Eso demuestra hasta qué punto los depósitos de museos y universidades continúan siendo auténticos laboratorios arqueológicos.
No siempre es necesario encontrar una nueva tumba para realizar un gran descubrimiento.
La aparición de nuevas técnicas —desde análisis genéticos hasta tomografías, dataciones más precisas o antropología forense— permite volver a estudiar objetos y restos humanos excavados hace cien años y obtener información que los primeros arqueólogos simplemente no podían detectar.
En este caso, cráneos conocidos desde hace generaciones están contribuyendo ahora a reconstruir uno de los rituales más inquietantes de los comienzos de la civilización egipcia.
¿Está demostrado entonces que Egipto practicaba sacrificios humanos?
No completamente.
Y esa matización es fundamental.
La muestra comprende únicamente 46 cráneos, mientras que alrededor de algunos de los primeros complejos reales existieron centenares de enterramientos.
Además, encontrar una lesión violenta no demuestra automáticamente que se produjera durante una ceremonia religiosa.
Campbell reconoce que no puede afirmarse que todos los individuos enterrados junto a la realeza fueran sacrificados.
Algunos pudieron morir de manera natural, otros pudieron fallecer violentamente y, en determinados casos, pudieron existir circunstancias que actualmente resultan imposibles de reconstruir.
Pero el nuevo análisis introduce algo que durante mucho tiempo faltaba en este debate: evidencia física de traumatismos potencialmente mortales en individuos pertenecientes precisamente a esas tumbas subsidiarias.
El misterio no está completamente resuelto, pero la hipótesis del sacrificio acaba de ganar una nueva y poderosa evidencia.

