Trabajador caminando sobre una rueda de hámster que conecta la esclavitud antigua con el trabajo moderno en una gran ciudad contemporánea.

La 1ª gran mentira que cambió el nombre de la esclavitud: ¿Somos realmente libres?

María Lago

Dilo en una cena de amigos y verás cómo saltan. Pon el grito en el cielo, llámalo locura… pero luego coge la calculadora, mira tu cuenta corriente y dime quién mantiene a quién.

Prueba a hacer este experimento: saca el tema en la próxima cena que tengas con amigos. Diles, así a bocajarro, que lo que vivimos hoy en día no es tan diferente de la esclavitud de toda la vida. Te aseguro que la mitad se te va a echar las manos a la cabeza, alguno te llamará exagerado, que estamos en total libertad y la conversación se va a encender en dos segundos.

Nos han educado para activar un chip automático de indignación ante ciertas verdades. Pero, cuando se pasa el sofocón inicial, si nos sentamos a pensar con la cabeza fría y miramos las cosas como son, nos damos cuenta de que es la pura realidad. Vivimos en un engaño colectivo, ciegos perdidos ante un sistema donde, al final, siempre son los mismos los que sudan la gota gorda para que unos pocos vivan a cuerpo de rey.

A lo largo de la historia, los de arriba han descubierto un truco infalible para mantenernos calmados: cambiarle el nombre a las cosas. Si te obligan a trabajar con un látigo y te llaman «esclavo», te rebelas. Pero si te llaman «ciudadano libertad», te ponen una corbata o un chaleco reflectante y te dicen que tienes derechos, vas a trabajar con otra cara. Sin embargo, el embudo sigue funcionando exactamente igual… o peor, porque cada vez es más grande.

El gran lavado de cara de la esclavitud en la historia

En la Edad Antigua la cosa iba de frente. No había trampa ni cartón: eras esclavo, trabajabas la tierra o picabas piedra, y todo lo que producías iba directo a los palacios del rey, del emperador o a los templos. Brutal, sí, pero honesto en su crueldad.

Luego llegó la Edad Media y los de arriba pensaron: «Oye, vamos a suavizar esto». Dejaron de usar la palabra «esclavo» y se inventaron la de «siervo». Suena un poco mejor, ¿verdad? Pero la letra pequeña del contrato era calcada: tenías que darles el diezmo a la Iglesia, pagarle la renta al señor feudal y regalarles tus mejores días de cosecha. Cambió el nombre, pero la barriga que se llenaba seguía siendo la misma.

Con la Edad Moderna y la Revolución Industrial, la historia se repitió. El siervo pasó a llamarse «obrero». Ya no le debías la vida a un señor feudal, pero si querías comer, tenías que meterte catorce horas en una fábrica. El esfuerzo de esa gente ya no iba a un castillo, sino a mantener el gigantesco aparato del Estado, sus administraciones y a los nuevos ricos industriales, es la nueva era de la libertad.

Los nombres cambiaron con el paso de los siglos, pero la imagen invita a reflexionar sobre quién ha soportado históricamente el peso de la producción y la riqueza.

Bienvenidos al siglo XXI: El espejismo del autónomo y el empleado

Andando el tiempo, de rebote en rebote, llegamos a hoy. Ahora somos «trabajadores por cuenta ajena», «autónomos» y «empresarios». Palabras modernas que huelen a libertad, a progreso, a que somos dueños de nuestras vidas. Pero vamos a quitarle el envoltorio al caramelo: ¿qué hay de verdad dentro?

Lo que hay es una clase media asfixiada que pasa casi la mitad del año trabajando exclusivamente para pagar impuestos, tasas y cotizaciones. Nos levantamos a las seis de la mañana, aguantamos atascos, jefes, crisis, facturas que no paran de subir y la incertidumbre de si podremos jubilarnos algún día. ¿Y para qué? Para sostener un embudo que no para de crecer.

Con nuestro dinero mantenemos un Estado gigantesco, una clase política profesional que vive en una realidad paralela, burocracias infinitas que solo sirven para ponernos trabas, y sí, también monarquías que parecen sacadas de esos libros de historia medieval. Por no hablar de la corrupción, ese clásico que nunca muere y que lleva salpicando a las élites desde los tiempos de los romanos.

La imagen simboliza la preocupación de muchos ciudadanos por la pérdida de poder adquisitivo y el aumento de las cargas económicas.

Solo unos pocos tienen la sartén por el mango

Nos echamos las manos a la cabeza porque nos da miedo admitir que estamos atrapados en la misma rueda de hámster que un campesino del siglo XII. La diferencia es que ahora la rueda es digital, disfrazada de libertad y tiene mejor diseño. Nos han vendido el espejismo de que, como votamos cada cuatro años, somos los que mandamos. Pero la realidad es que la sartén por el mango la siguen teniendo los mismos de siempre: unos pocos que concentran el poder real, el dinero y las decisiones importantes.

Es hora de abrir los ojos y dejarnos de discursos bienquedistas. Los que sostenemos el país somos los que madrugamos, los que arriesgan su patrimonio levantando la persiana de un negocio y los que ven cómo su nómina mengua antes de llegar al banco. Los nombres han cambiado para que no duela tanto, pero la estructura es la de siempre: la inmensa mayoría se deja la piel para que unos pocos privilegiados sigan manteniendo su estatus. Pensarlo no es de locos; lo de locos es seguir mirando para otro lado.