Unos jóvenes atrapados por las pantallas de sus móviles ignoran la cruda realidad social, representados por un chico en un banco frente a un edificio abandonado; un holograma digital promete éxito inmediato mientras un periódico detalla la crisis laboral que pone en riesgo el futuro de las pensiones.

Más realidad y Menos pantallas : Hablemos claro de lo que nos espera (y de las pensiones)

María Lago

Os voy a confesar algo sobre la realidad, de tú a tú: formo parte de esa generación a la que hoy acusan de vivir en una burbuja de cristal. Sé perfectamente lo que es romperse los cuernos trabajando desde los 16 años, compaginando los estudios y el trabajo a la vez hasta conseguir mi carrera de periodismo, combinando varios trabajos para poder llevarlo todo a cabo. Y hoy día sigo igual, llevando varios trabajos a la vez para poder conseguir mis propósitos, incluyendo mantener a flote mi propio periódico. Por eso me duele, y mucho, ver lo que está pasando a nuestro alrededor.

El otro día lo comentaba en una charla en la redacción. Si echamos la vista atrás, hace treinta o cuarenta años la gente joven tenía metas que hoy parecen de otro planeta: estudiar algo por vocación, esforzarse por crecer en una empresa, comprarse una casa, formar una familia… Había un plan basado en picar piedra. Hoy, le preguntas a cualquier chaval y la respuesta casi automática es que quiere ser influencer, youtuber o futbolista millonario. Queremos el éxito inmediato, los billetes rápidos y que nos lluevan los «likes» desde el sofá de casa, sin pasar por el barro del día a día.

La imagen representa el choque entre dos modelos de vida: el basado en el trabajo, la educación y la constancia, y el alimentado por la búsqueda de reconocimiento instantáneo a través de las redes sociales.

Y ojo, no es por echarle la culpa solo a ellos. Nos hemos metido de lleno en una trampa perfecta. Por un lado, estamos totalmente «empantallados», atrapados en redes sociales que nos bombardean con vidas perfectas y mentiras editadas con filtros que nos ciegan. Por el otro, nos hemos pasado de frenada con la sobreprotección. Hay padres que, queriendo darles lo mejor a sus hijos, les están quitando lo más importante: la capacidad de espabilar. Los estamos protegiendo tanto de los golpes de la vida real que, al final, los convertimos en personas incapaces de afrontar un problema por sí mismas.

El baño de realidad en frío (Los datos no mienten)

El problema de vivir en una pantalla es que tarde o temprano te estampas contra la realidad del mercado. Mientras Europa tiene una media de paro juvenil del 15% (que ya es una barbaridad), en España la cifra se nos dispara hasta un escalofriante 25%. Uno de cada cuatro menores de 25 años que quiere trabajar no puede hacerlo. Pero hay más trampa detrás de estos números.

Resulta que el 35,9% de los jóvenes con carreras o títulos superiores no trabaja en absolutamente nada relacionado con lo que estudió. Y casi otro 30% (el 28,9%) está metido en empleos que no tienen nada que ver con sus años de esfuerzo académico. ¿Cuál es la consecuencia directa de esto? Una frustración tremenda. Conozco de primera mano a gente de mi propia edad que prefiere quedarse en casa colgada de sus padres abrazando el rol de «nini» porque, claro, como en casa no les falta de nada, ¿para qué se van a deslomar por un sueldo que no cumple sus expectativas idílicas?

De entrevistas de trabajo ficticias a un futuro sin pensiones

Quienes llevamos tiempo seleccionando personal y contratando gente nos echamos las manos a la cabeza. Te encuentras con chicos que vienen a una entrevista de trabajo sin haberse preparado absolutamente nada, con una actitud de «me da igual» tremenda. Es alucinante: ¡no han empezado a trabajar y ya te están exigiendo las vacaciones que quieren o, peor aún, intentando buscar cómo pedirse una baja antes de firmar el contrato! Se ha perdido la ambición, las ganas de aprender y la constancia.

Una entrevista de trabajo entre una responsable de recursos humanos y un joven candidato, reflejo de los retos que afrontan miles de jóvenes al incorporarse al mercado laboral español.

A mí me da mucha pena que se nos meta a todos en el mismo saco de «la generación de cristal». Sé que hay jóvenes que se dejan la piel a diario, pero la corriente general nos está arrastrando a un pozo peligroso. Si no empezamos a valorar el esfuerzo real, si los padres no dejan de camuflar la realidad a sus hijos y si seguimos pensando que la vida se soluciona a través de una pantalla, nos vamos a quedar sin profesionales y sin futuro.

Y seamos sinceros: a este ritmo, yo tengo claro que no voy a oler una pensión el día de mañana… ¡pero es que a los que vienen detrás no les va a quedar ni para las gracias! O espabilamos ya y volvemos a la cultura del trabajo y la constancia, o el desengaño va a ser monumental.